Durante más de tres décadas, el paradigma neoliberal fue presentado como verdad indiscutible: apertura irrestricta de mercados, desregulación financiera, reducción del papel del Estado y confianza casi mística en la capacidad autorreguladora de las fuerzas del mercado. La globalización era su promesa y el crecimiento ilimitado su horizonte. Sin embargo, las crisis económicas y políticas sucesivas —la recesión global del 2008, la pandemia de COVID-19, las fracturas en las cadenas de suministro y la guerra en Ucrania— mostraron los límites de ese modelo. La desigualdad social se disparó, la fragilidad productiva de países subdesarrollados se hizo evidente y las grandes potencias comenzaron a cambiar el rumbo. En su lugar, asistimos al resurgimiento de un paradigma que parecía enterrado en los manuales de historia económica: el neomercantilismo.
Este nuevo mercantilismo no persigue la acumulación de metales preciosos, como en el siglo XVII, sino la soberanía tecnológica, la autosuficiencia energética y el control de las cadenas globales de valor. Estados Unidos, China, la Unión Europea e incluso potencias intermedias como India, Brasil o Indonesia diseñan políticas activas para proteger industrias estratégicas, incentivar la innovación y reducir su dependencia del exterior.
El caso estadounidense resulta especialmente revelador. Con su regreso a la Casa Blanca en 2025, Donald Trump ha dado un golpe definitivo al orden comercial internacional neoliberal al instaurar una política arancelaria masiva que Paul Krugman ha bautizado como Smoot-Hawley 2.0, en alusión a la célebre ley arancelaria de 1930 que agravó la Gran Depresión. Los nuevos aranceles, lejos de ser una táctica temporal de negociación, se han convertido en un régimen duradero. Según estimaciones citadas por Krugman y el Yale Budget Lab, el arancel promedio estadounidense se ubica hoy entre 17 % y 18 %, un nivel no visto desde los años treinta.
Las consecuencias son múltiples. En el plano macroeconómico, se prevé una reducción del PIB de los EE.UU de cercana del 0.4 %, equivalente a más de 100 mil millones de dólares anuales. Las importaciones caerán en torno a 36 %, en una magnitud comparable a la experimentada en la Gran Depresión. El empleo también sufre: hacia finales de 2026 se proyecta una pérdida de casi medio millón de puestos de trabajo netos, con efectos particularmente negativos en sectores como la construcción y la agricultura, aunque con un leve impulso a la manufactura.
Pero el golpe más fuerte se siente en los hogares. Krugman calcula que la familia promedio perderá entre 2,000 y 2,400 dólares al año por el encarecimiento de bienes importados y el traslado de costos por parte de las empresas. El efecto es regresivo: los hogares de menores ingresos pierden tres veces más, en proporción, que los de mayores recursos. Por ello, sostiene el economista, lo que Trump libra no es tanto una guerra comercial contra China o la Unión Europea, sino una auténtica guerra de clases interna, en la que los consumidores y trabajadores estadounidenses financian la reindustrialización protegida mientras un puñado de sectores estratégicos obtiene beneficios enormes.
Este giro se inserta en una tendencia global más amplia. China nunca abandonó su estrategia neomercantilista: desde su ingreso a la OMC en 2001 combina apertura selectiva con planificación estatal, consolidando proyectos como Hecho en China 2025 en sectores de inteligencia artificial, biotecnología y robótica. La Unión Europea, a su vez, ha adoptado el discurso de la “autonomía estratégica” y ha flexibilizado las reglas de competencia para permitir subsidios nacionales y promover una reindustrialización verde, liderada por Francia y Alemania. Incluso bajo la administración Biden, antes del retorno de Trump, se habían aprobado leyes como el CHIPS Act y la Inflation Reduction Act, que marcaron el inicio del nuevo intervencionismo industrial estadounidense. Trump, sin embargo, lo ha llevado a un nivel radical, haciendo de la política comercial proteccionista el instrumento central de la política industrial y de seguridad nacional.
El consenso neoliberal, basado en el libre comercio y la reducción del Estado, se encuentra así en ruinas. En su lugar, emerge un capitalismo global donde los Estados recuperan protagonismo como protectores de sus industrias. Este cambio tiene, no obstante, un costo elevado: se erosiona el sistema multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial, se tensan las relaciones internacionales y se multiplican los conflictos comerciales.
Para América Latina, el desafío es mayúsculo. Anclada aún en modelos primario-exportadores, la región corre el riesgo de quedar rezagada en este nuevo escenario. Si no se avanza hacia un “nuevo regionalismo productivo”, basado en la integración económica y una política industrial activa, los países latinoamericanos quedarán atrapados en la periferia de un orden mundial cada vez más competitivo y tecnológicamente exigente
Cuauhtémoc Calderón Villarreal
El Colegio de la Frontera Norte, Departamento de Estudios Económicos
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