Hace un par de días contraté a un técnico para que instalara un minisplit en mi casa. Me pidió que comprara algunos metros de cable de cobre y en mi vehículo fui a una ferretería relativamente cerca. A un par de cuadras del lugar, me tocó observar que en la calle dos hombres sujetaban y arrastraban a un tercero. Un carro que estaba frente a mi aceleró y dio la vuelta, dejándome detrás de una camioneta negra, donde los hombres metieron a la fuerza al otro. Al principio pensé que eran policías ministeriales, pero no vi uniformes y la camioneta no traía placas, logos, nada. La víctima era un joven, al parecer lava-carros, porque traía una cubeta. Lo subieron y se fueron rápidamente. Yo me quedé congelado, aunque todo pasó en segundos. Llegué a la ferretería y compré el cable.
Al regresar a mi casa conté a mi pareja lo sucedido y se quedó perpleja. Enseguida llevé el cable al técnico y le dije que el costo por metro era excesivamente caro. “¿Y sabe por qué?” Me preguntó. Mi respuesta fue muy académica, diciendo que quizás era por los acuerdos del Tratado de Libre Comercio o que se debía a los aranceles que Estados Unidos impuso a México recientemente. Él me miró como preguntándose de qué hablaba y enseguida expresó: “Bueno, sí, pero es porque la gente de la maña les cobra piso a los negocios, y ellos, para no perder, suben los precios de sus productos. Nosotros somos los que al final salimos pagando todo eso”. Enseguida le conté lo que había visto antes de llegar a la ferretería y dijo: “¿Ya ve? Ahí andan”.
En México, un levantón es un término coloquial que hace referencia a la privación ilegal de la libertad de una persona, cometida por gente del crimen organizado, con fines que pueden trascender el mero rescate económico. El difundo periodista sinaloense Javier Valdés Cárdenas, en su libro Levantones: historias reales de desaparecidos y víctimas del narco (2012), definía el levantón como el inicio de una tragedia permanente, como un ejercicio del sicariato traducido en un secuestro violento, en el que las personas son arrebatadas, cual objetos, para desaparecerlas. Así, pensar en una sociología del levantón es posible y necesario en tanto herramienta analítica para entender parte de la violencia criminal contemporánea.
En primer lugar, una sociología del levantón demanda analizar cómo el terror funciona como un regulador social. A nivel colectivo, el concepto de “ciudadanía del miedo”, de la analista Susana Rotker, es quizás el que mejor explica por qué el terror funciona como tal porque emerge el miedo extremo ante la inseguridad y la violencia en el espacio público; desconfianza ante otros o indicios de algo sospechoso en la calle, frente a tu casa. A nivel individual, ser testigo de un levantón puede dejarte congelado, como fue mi caso, sin saber qué hacer por unos instantes, o el temor se apodera de ti y aceleras, como en el caso del conductor del vehículo que estaba frente a mí.
En segundo lugar, una sociología del levantón requiere pensar en un tipo de economía política del cuerpo. Los cuerpos levantados dejan de ser ontológicos y son cosificados. Se convierten en mercancías que deben estar dentro o fuera del mercado a decir de los intereses de corporativos o los Estados; en mercancías que son rentables y pueden ser venidas o intercambiables dentro de mercados y actividades operadas por grupos criminales allende las fronteras; o simplemente mercancías desechables, deleznables, en la simple y llana decisión de unos que operan una necropolítica a nivel local o regional, para decidir quién vive o quién muere.
En tercer lugar, una sociología del levantón implica reflexionar la erosión del tejido social y el silencio. En su libro El tejido social rasgado, el antropólogo Claudio Lomnitz planteó que la violencia contemporánea en México daña los lazos ya de por sí frágiles y dependientes en las comunidades. No sólo se debe a una pérdida de valores –agrega Claudio-, sino también a un tipo de retracción del Estado. Los levantones, como también pueden ser las balaceras, las desapariciones, etc., sin duda erosionan el tejido social, pero además generan un tipo de silencio obligado ante el terror ajeno o propio. No obstante, como argumenté en otro lugar, el silencio también puede dar pie a formas alternativas de comunicación que cuestionan o desestabilizan la violencia.
Finalmente, una sociología del levantón necesita explorar los matices de la complicidad institucional. El conocimiento de esta práctica es por demás conocida por las instituciones. Las fiscalías, por ejemplo, la clasifican como privación de la libertad, secuestro o desaparición forzada. A la fecha, existen miles de carpetas de investigación, especialmente de jóvenes de entre 18 y 29 años de edad desaparecidos. Los familiares acusan de negligencia institucional y, en muchos casos, de complicidad. También se sabe del subregistro de casos por miedo a denunciar, por desconfianza en las autoridades. No en balde, el Comité Contra la Desaparición Forzada de la ONU, señala que una proporción considerable de casos involucra la complicidad, aquiescencia, o participación de servidores públicos y corporaciones policiales.
Más allá de proponer construir una sociología del levantón y utilizarla como una herramienta analítica para comprender, al menos en parte, la violencia criminal, yo sigo pensando en aquél joven, en su destino, en mi omisión de auxilio y la de otros que, como yo, también fueron testigos.
Óscar Misael Hernández Hernández
El Colegio de la Frontera Norte, Unidad Matamoros.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de quien las emite y no reflejan necesariamente una postura institucional de El Colegio de la Frontera Norte.
![]()