A partir del día 3 de julio de este año comenzaron a darse a conocer los resultados del Premio Mujeres en Ciencias Biológicas y de la Salud: Matilde Montoya. Este galardón es entregado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI), la Secretaría de Salud y el Grupo Neopharma, a mujeres destacadas en la investigación.
Dicho reconocimiento rinde homenaje a la primera mujer en titularse como médica en 1887 al superar barreras estructurales y sociales que existían en su tiempo para estudiar y ejercer la medicina.
Al leer la biografía de Matilde Montoya puede observarse que su principal virtud fue la perseverancia, a la que Aristóteles define como la capacidad racional de mantenerse firme en el bien y resistir el dolor o la tentación de rendirse. Pero en la vida también se deben considerar las circunstancias que definen el destino de una persona.
Hay aforismos que resumen esta idea y el de Schopenhauer parece que alude al destino de Montoya: “El destino mezcla cartas, y nosotros las jugamos”. Esta profunda reflexión sintetiza la tensión entre aquello que no podemos controlar en la vida y la responsabilidad personal sobre las decisiones que se toman frente a las circunstancias.
Por ello, la carrera académica de Montoya, para estudiar medicina, no fue lineal sino llena de vicisitudes y obstáculos, mismos que diversos analistas refieren al abordar su biografía. Lo cierto es que, en un contexto social y cultural de finales del siglo XIX en México, donde la preponderancia masculina relegaba a un segundo plano lo femenino, Montoya pudo abrirse paso hasta obtener el título en la Escuela Nacional de Medicina (ENM). Y es que, a lo largo del camino, coexistieron tanto detractores que cuestionaban su presencia en una carrera estructurada para hombres, como benefactores que la impulsaban.
En ese contexto, Montoya “jugó sus cartas”. La dificultad más grande sobrevino cuando la ENM le impedía realizar su examen profesional. El impedimento no se debía a su capacidad, sino que los estatutos hablaban de “alumnos” no de “alumnas”. Montoya envió una carta al presidente Porfirio Díaz. Dicha solicitud fue atendida por Cámara de Diputados para la actualización de los estatutos de la ENM y pudieran graduarse mujeres médicas.
El logro alcanzado no fue solamente poder realizar el examen profesional, sino que el 24 de agosto de 1887 estuvieron presentes en tal examen su madre, sus condiscípulos y maestros, damas de la élite porfiriana; notabilidades de medicina, ingeniería y derecho; redactores de periódicos, el secretario de Gobernación y el mismísimo general Don Porfirio Díaz.
La socióloga e historiadora Ana María Carrillo escribe que la presencia de Díaz y otras autoridades en el examen dieron legitimidad al mismo y que la escritora Gimeno Flaquer diría que el presidente de la República no había rendido un tributo de galantería a una mujer, sino que había franqueado a todas las mujeres las puertas del templo de Minerva.
Montoya presentó el examen teórico, al siguiente día el examen práctico en el Hospital de San Andrés con casos clínicos ante pacientes y finalmente en el anfiteatro para la disección en cadáver. Fue aprobada por unanimidad.
De acuerdo con Carrillo, mientras que la gran fecha que dividía la vida de las mujeres decimonónicas era el matrimonio, la de Montoya fue su examen profesional. Barrunto que la designación del premio a la investigación “Matilde Montoya” se debe, no solo a su perseverancia para alcanzar sus metas en el terreno de la medicina, sino también a su trabajo de tesis sobre bacteriología, un campo emergente en el México de su época. Con ello, alejó la práctica clínica de las viejas teorías miasmáticas y humorales y, siendo su práctica médica en el terreno de la obstetricia, conectó los principios de la “teoría del germen” con la necesidad de aplicar antisepsia en los partos y evitar la fiebre puerperal.
Felipe Javier Uribe Salas
El Colegio de la Frontera Norte, Unidad Monterrey.
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