Hacer un balance equilibrado de la obra del destacadísimo intelectual, filósofo, científico social y profesor alemán Jürgen Habermas no es tarea sencilla: su obra es enorme y su trayectoria, larguísima. Su muerte, el pasado 14 de marzo en su país natal, no solo cierra el capítulo de la filosofía del siglo XX, sino que termina toda una tradición de “Pensamiento Crítico” asociada a la llamada Escuela de Frankfurt. Durante más de siete décadas, que se dice fácil, Habermas reflexionó sobre la modernidad, la democracia y el papel del lenguaje en la vida social. Su legado es rico y contradictorio a la vez, así que vale la pena reconocer sus aportes sin por ello ignorar sus límites y contradicciones.
Tal vez su contribución más conocida, la Teoría de la Acción Comunicativa, representa un giro importante para las Ciencias Sociales, porque Habermas propuso algo aparentemente simple pero profundo: los seres humanos nos relacionamos sobre todo, a través del lenguaje. Y ese lenguaje no es un simple canal de información, sino el tejido mismo de la vida social. Frente al pesimismo de sus maestros —como T. Adorno, quien veía la razón moderna como una trampa sin salida— Habermas apostó por la esperanza: en cada acto de comunicación genuina, decía, hay un germen de libertad. Esta idea ya estaba presente en su primer libro, Historia y crítica de la opinión pública (1962), donde demostró cómo el espacio público puede funcionar como un contrapeso efectivo al poder del Estado. Vista desde hoy, esa propuesta suena casi utópica en un mundo dominado por las llamadas Big Tech (Facebook/Meta, Amazon, Apple, Netflix, Google/Alphabet) y un tecnofeudalismo que nos vigila y controla a punta de algoritmo, IA, redes sociales, fake news o banales influencers. Y sin embargo, precisamente por eso sigue siendo tan relevante reivindicar el poder del argumento y la razón informada, que son en estos tiempos, quizá más que en ningunos otros, acciones de resistencia y de rebeldía contra la opresión omnímoda del poder autoritario.
Quizá algo criticable en Habermas fue su exagerado formalismo. Su teoría de la comunicación presupone un espacio de diálogo donde todos participan en condiciones de igualdad, aunque sabemos que en la vida real eso casi nunca ocurre, porque un trabajador precarizado no puede debatir en igualdad de condiciones con un voraz empresario o con un político corrupto, de manera que la comunicación no ocurre nunca en el vacío, sino en un mundo atravesado por relaciones de poder cada vez más asimétricas. Así, desde una perspectiva marxiana, la distinción entre «trabajo» e «interacción comunicativa» diluye conceptos clave como ideología o lucha de clases. Y desde el pensamiento latinoamericano —especialmente el de Enrique Dussel y su Filosofía de la Liberación— Habermas aparece como un pensador atado irremediablemente al eurocentrismo, incapaz de ver que el «mundo de la vida» (lebenswelt) que describía, se construyó históricamente sobre el colonialismo y la explotación por siglos del sur global. Así, el excluido no es alguien que «todavía no sabe razonar o argumentar», sino uno que interpela al sistema entero desde afuera siendo su primera exigencia no el diálogo, sino la inclusión y la justicia social.
A esto se suma otra crítica potente: ¿qué pasa cuando el diálogo no funciona? Ya hasta filósofos estadounidenses como Geuss señalaban que fenómenos sociales contemporáneos como el Brexit o el auge de la extrema derecha, demuestran que el debate público (sobre todo el desinformado) no siempre esclarece y a veces contamina o envenena la comunicación social. O el propio Adorno, que acaso en un guiño marxista advertía que hay formas de sufrimiento que no piden más o mejores discursos, sino acción; donde la fe ciega en que «dialogando se arregla todo» puede volverse paradójicamente, una forma de parálisis política. También el universalismo de Habermas tiene un problema de origen, porque privilegia la lógica y la argumentación abstracta, dejando fuera otras formas de comunicación propias de culturas no occidentales, como el rito, el mito, la tradición, el uso y costumbre o la corporalidad o la relación con la naturaleza. Sabemos en cambio que un reto importante para el pensamiento del siglo XXI será aprender a escuchar al otro. Y no solo argumentos racionales, sino también silencios, memorias y saberes que no caben en los moldes formales de la filosofía y las Ciencias Sociales europeas.
En el campo de las Ciencias Jurídicas, Habermas nos dejó una pregunta tan incómoda como necesaria para la construcción de un estado democrático, social y de derecho: ¿por qué obedecemos la ley? Y acá ya no bastaría decir que «porque lo manda el poder», pues sabemos que una ley (acaso legal en su trámite y forma) solo será legítima si puede defenderse con argumentos y razones ante ciudadanos informados, tan libres e iguales materialmente como sea posible. Así que la democracia en este sentido no se sostiene únicamente con instituciones, pues requiere y necesita ciudadanos que discutan, argumenten y estén dispuestos a escuchar razones ajenas, sobre todo si son mejores que las propias. Sin esa participación real, los derechos y la ciudadanía se convierten en papel mojado y la democracia en su versión occidental, en una ficción cómoda para los que mandan.
La larga vida de Habermas, no estuvo libre de paradojas y contradicciones. En su juventud perteneció a las juventudes nazis —algo que Él mismo reconoció— y en sus últimos años apoyó públicamente posiciones insostenibles éticamente, que legitiman la bestial violencia y genocidio del proyecto colonial sionista en la Palestina ocupada. Y como alguien dijo con cierta ironía: un pasado nazi no te vacuna automáticamente contra un presente oprobioso. Pero Habermas fue, ante todo, un filósofo europeo y alemán. Y eso hace aun más lamentable que en sus últimos años contribuyera —junto a muchos otros en su país y en el resto de Europa— a silenciar las voces contra el violento proyecto genocida en El Mashrek (Oriente Medio). Sin embargo, podemos decir que como intelectual público su compromiso fue constante: criticó a Heidegger (justo por su colaboración con el nazismo), se opuso a la ilegítima guerra contra Irak (como lo es ahora la agresión contra Irán) y defendió con vigor un proyecto europeo democrático y federal que hasta hoy sigue siendo una quimera.
Con todo, su legado sigue siendo indispensable para quienes creen que las sociedades pueden organizarse a través del entendimiento y no solo del poder. Pero entender a Habermas no significa repetirlo acríticamente, sino debatirlo, cuestionarlo y superarlo, construyendo un pensamiento quizá plural, más justo y capaz de escuchar otras voces, especialmente las que durante siglos han sido ignoradas y silenciadas. El autor es Jurista. Miembro del SNII. Investigador Posdoctoral (Secihti-El Colef).
Enrique Pasillas Pineda
El Colegio de la Frontera Norte, Estancia postdoctoral.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de quien las emite y no reflejan necesariamente una postura institucional de El Colegio de la Frontera Norte.
![]()