La fabricación de las identidades

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Opinión de Arturo Zárate Ruiz de El Colegio de la Frontera Norte

miércoles 25 de junio de 2025

Con una sonrisa, pues simulaba un desliz verbal, un destacado danzante folclórico admitió que los bailes típicos son más criatura del coreógrafo que rancias pero supuestas tradiciones en México. Se refirió especialmente al Ballet de Amalia Hernández; aún más, a la polca norteña tamaulipeca, que por necesidad política identitaria convenía a los líderes del que fue Nuevo Santander distinguirla de la que es de Nuevo León.

Por supuesto Tamaulipas goza de sus diferencias. Por ejemplo, allí ciudades vecinas (Reynosa y Matamoros) conservan su vida propia, no así en el estado adyacente, donde todo gira alrededor de la capital, Monterrey. Aunque no pocos regios detesten a los chilangos, algunos se portan como éstos por prepotentes sobre el resto de los norestenses y presumidos a punto de insistir incluso que comen mejor la jaiba que los tampiqueños.

Tienen razón, de cualquier manera, al decir que Tamaulipas se pobló originalmente con regios que llevaron allí muchas de sus costumbres. Pero eso no quiere decir que Tamaulipas les deba todo, es más, que el flujo cultural haya sido o sea todavía en un solo sentido. El acordeón del fara-fara llegó desde el Puerto de Matamoros tras la construcción del ferrocarril. Y habría que agregar que ese flujo tiene reflujo. Rigo Tovar nació en Matamoros. Pero su fama la ganó en Monterrey, en su concierto multitudinario en el lecho del río Santa Catarina.

La misma prominencia de Rigo muestra que las identidades regionales son más variadas que las fabricadas por los políticos para sus territorios según imaginarios botas y sombreros. El modo de vestir de este cumbiero no era para nada típico, según los cánones identitarios de la mexicanidad.

Es más, Rigo nunca llegó a retratar de manera general, ya no digo a los matamorenses de entonces, tampoco a sus mismos seguidores, quienes fueron de muy diversas edades, costumbres y clases sociales. Lo amaban o lo odiaban todo tipo de personas en muy distintos rincones. Y un mismo seguidor podía tener muchas identidades en distintos momentos, tan así que en cuestiones meramente musicales, lo escuchase a él, pero también a la Sinfónica de Berlín.

En el mismo Centrito de San Pedro no se puede predecir que los jóvenes tienen tal o cual gusto. Aparecen allí tipos parecidos a Sheldon (el de La teoría del Big Bang), semejantes al Pirrurris de la Ibero (Luis de Alba) y también los aficionados a los narcocorridos vistiendo cadenotas de oro. Los habrá quienes, inclusive, juntan todo eso.

Y una misma persona cambia de un lugar, a punto de que cuando se aparece de nuevo un amigo surge la pregunta: “¿Y ahora qué le pico?”.

Pero hay identidades que permanecen y se generalizan, verdaderas o no. Aun si un mexicano prefiere el bolillo y su pelo suelto difícilmente borrará la imagen suya en el extranjero de sombrerudo y come-tacos. Así se le representará en los medios para subrayar su nacionalidad.

Ciertamente hay identidades fabricadas más importantes que las folclóricas. No pocos mexicanos facilitan la multiplicación de otras por ciertos hábitos suyos, muy reales, por ejemplo, los electorales. Una vez que una mayoría expresa sus preferencias, los programas y acciones de los políticos triunfadores tienen consecuencias por muchos años. Su influencia persistirá por muchas décadas, no obstante que el votante que las escogió en un día las deteste después. Así, al mexicano se le identificará de allí en adelante, le guste o no, según se porten esos políticos ganadores por quienes votó.

Que los votos recientes de los mexicanos sean como una comida buena que se disfruta no solo en el momento, sino también luego por dar salud y fuerza. Que no sean como el mucho vino barato que emborracha en el momento, pero provoca tremenda resaca después.

En fin, si se dieran y abundaran las identidades fabricadas, el que se pinte al mexicano común de charro, pasa; pero que lo caractericen siempre de narcosicario por sus preferencias electorales, no pocas veces ingenuas, sería muy triste. Y sería así no tanto por la imagen sufrida, sino por lo que la originó: dichas preferencias ingenuas electorales. 

Arturo Zárate Ruiz
El Colegio de la Frontera Norte, Director de la Unidad Matamoros.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de quien las emite y no reflejan necesariamente una postura institucional de El Colegio de la Frontera Norte.


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