Hacia una antropología de la mentira

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Opinión de Oscar Misael Hernández Hernández Investigador de El Colegio de la Frontera Norte

miércoles 25 de febrero de 2026

Todos hemos mentido al menos una vez en nuestras vidas. Aunque con mal humor, ironía y arrogancia, el Dr. Gregory House tenía razón cuando expresaba: Todos mienten. En un capítulo de la serie, él estaba ante un grupo de médicos residentes y expresó: “La condición humana básicamente nos dice que miente toda la gente. La única variante es sobre qué”. Enseguida agregó: “Lo bueno de decirle a alguien que se muere, es que tiende a enfocar sus prioridades. Ustedes sabrán lo que les importa, por lo que están dispuestos a morir, por lo que están dispuestos a mentir”. 

El Dr. House era un personaje ficticio, sí, pero, aun así, la narrativa que los guionistas lograron transmitir a través de él ameritó una reflexión académica que fue publicada en el libro House and Philosophy: Everybody Lies, coordinado por los profesores William Irwin y Henry Jacoby. En el libro, la premisa de “todos mienten” es abordada desde campos de saber como la filosofía, la ética, la lógica, la epistemología. El Dr. House fue y sigue siendo el Pepe Grillo que estridula en los oídos de todas y todos. Sabemos que mentimos, el meollo es que nos descubran.

¿Cómo se define mentir? La Real Academia Española dice que es una “Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente”. También señala que es “Cosa que no es verdad”. Etimológicamente la palabra proviene del latín, mentīri, que significa fingir, engañar o inventar. Como se observa, el acto de mentir se relaciona con al menos tres acciones que pueden estar vinculadas entre sí. Puedes fingir que no sabes algo cuando sí lo sabes, o intentar engañar ocultando algo, o bien inventando algo inexistente para así fingir o pretender engañar a alguien.

No en balde, se dice que existen mentiras blancas (piadosas, inofensivas), grises (para encubrir errores) y negras (dañinas, egoístas). Obviamente, se trata de una clasificación básica. El psicólogo clínico, Nahum Montagud, ha ido más allá e identifica quince tipos de mentiras comunes en las relaciones personales: por error, blancas, azules, negras, por omisión, de reestructuración, de negación, de exageración, de minimización, de autoengaño, instrumentales, piadosas, promesas rotas, plagio y compulsivas. Independientemente de cuál tipo de mentira se trate, afirma Montagud, el problema es la intención y conciencia detrás del acto.

Desde la antropología, la mentira también ha sido objeto de estudio. El difunto antropólogo valenciano, Miguel Catalán González, es quizás uno de los referentes contemporáneos. En su vasta obra, él abordó el tema en libros como El prestigio de la lejanía. Ilusión, autoengaño y utopía. Seudología I, Antropología de la mentira. Seudología II, Ética de la verdad y de la mentira, La mentira nociva, entra otras tantas publicaciones. Catalán González, al menos en su primer trabajo, planteó que existe la universalidad del autoengaño -que en sí es el acto de fraguar la mentira-, el cual subsiste debido a una conveniencia y necesidad personal y cultural.

En otra parte de su obra, afirma que la mentira en sí consiste en desplegar artes del engaño, echando mano del lenguaje, la inteligencia y la libertad de elección humanas. No obstante, en un trabajo posterior enfatiza que tanto el engaño como la falsedad, constituyen un problema ético. La antropología de la mentira, al menos en la mirada de Catalán González, tiene por objeto desentrañar los mecanismos sociológicos y culturales que incitan a algunas personas a engañar, autoengañar, o falsear información con fines personales o intereses grupales. 

No obstante, como afirmó el filósofo José María Herrera, hay que distinguir entre mentira y engaño: la primera consiste en ocultar o deformar una verdad intencionalmente, mientras que el segundo en que alguien crea lo anterior, es decir, una víctima. En cualquiera de los casos, ¿por qué mentimos? La mentira es una práctica histórica, sí, pero también es una práctica que deriva del aprendizaje cultural pues, como afirmó la antropóloga Margarte Mead, todo comportamiento es aprendido y simbólico, tanto en la crianza como en la socialización. Su usted le miente a sus hijos o hijas, o si viven en un ambiente de este tipo, también mentirán y habrá consecuencias.

Sin duda, la y los autores tienen razón (salvo que quieran mentirnos). No obstante, yo me quedo con la filosofía del Dr. House: la mentira es una condición humana. Sí, todos y todas mentimos. Para House esto no implica un misterio, sino una obviedad, por ello nos enseñó que el problema de fondo es saber sobre qué mentimos o con qué nos intentan engañar. Quizás también podemos ver el asunto diferente: el problema es, en principio, reconocer que mentimos, porque la mentira, en tanto asunto ético y moral, trasgrede principios de honestidad, confianza y respeto con el otro u otra. No hay excusas de “no fue la intención”. Mentir es mentir por la razón que sea. Por supuesto, también decir y saber sobre qué se miente, no está demás, pero confesarlo, pesa y destruye.

Hay algo más que el Dr. House destaca en su disertación: la mentira se pone en jaque ante situaciones límite. Quien miente o ha mentido puede reconocerlo o confesarlo para asumir las consecuencias de sus actos y rectificar sus principios; o puede no hacerlo. Pero también, quien ha sido engañado, puede aceptar dicho reconocimiento y rectificación del otro u otra como acto de serenidad; o bien puede no aceptarlo o fingir que lo acepta. En cualquiera de los casos, mentir es una práctica que se reproduce, pero también que es aprendida. Al final, todos mentimos, pues se trata de un problema moral, ético, filosófico, cuyo uso frecuente o grave destruye la confianza personal y social. 

Oscar Misael Hernández Hernández
El Colegio de la Frontera Norte, Unidad Matamoros.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de quien las emite y no reflejan necesariamente una postura institucional de El Colegio de la Frontera Norte.

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