El fracking, también llamado facturación hidráulica, es un método de extracción de hidrocarburos (básicamente petróleo y gas), que se emplea cuando estos se encuentran en yacimientos que, por sus características geofísicas, son de difícil acceso; por ejemplo, en formaciones muy profundas donde los métodos de extracción tradicionales no funcionan. Así, encontramos dos tipos de yacimientos de gas: 1) los llamados convencionales, donde este está atrapado en rocas, 2) los no convencionales, localizados en materiales de baja permeabilidad, es decir, que no permiten el paso de agua o de líquidos.
Este combustible ha cobrado gran relevancia en los últimos años por las diversas utilidades que tiene y, sobre todo, por producir menos emisiones contaminantes respecto a otros. Por ello, se le considera un elemento importante para avanzar en la transición energética y han recaído en él gran parte de las necesidades energéticas actuales, llevando incluso a que exista una disputa económica y política por accederlo. A nivel mundial, su consumo ha aumentado 67% en las últimas dos décadas, lo cual ha tenido también un impacto significativo en su precio al existir una demanda que supera la oferta.
México produce aproximadamente 2 mil 300 millones de pies cúbicos diarios de gas natural. Sin embargo, consume diariamente alrededor de 9 mil, lo que significa que tenemos un déficit importante. Por ello, se importa desde los Estados Unidos de América casi el 80% del gas que consumimos. Para comprender la importancia de estos datos, es necesario dimensionar que a partir de este combustible se genera aproximadamente el 60% de nuestra electricidad.
Ahora bien, lo anterior nos permite comprender por qué el fracking ha cobrado relevancia como una técnica capaz de proveer más gas desde yacimientos que antes se consideraban inexplotables, lo que es crucial para nuestro país si se considera que sus reservas son apenas suficientes para abastecer tres días de consumo.
Los estados con producción gasífera son: Veracruz, Tabasco, Chiapas, Tamaulipas y Nuevo León, concentrándose su riqueza en la zona del Golfo de México. La mayor parte de este gas proviene de yacimientos convencionales, aunque hoy por hoy se discute precisamente la riqueza de aquellos no convencionales localizados en Coahuila (Cuenca Sabinas-Burro Picachos), Nuevo León, Tamaulipas (Cuenca de Burgos), Veracruz, San Luis Potosí, Hidalgo, Puebla (Cuenca Tampico-Misantla), Querétaro, Oaxaca, Tabasco y Chiapas.
Sin embargo, desde que el gobierno mexicano anunció sus intenciones de impulsar el fracking (el 9 de abril de 2026), ciudadanos, activistas y científicos han advertido de las posibles consecuencias ambientales y sociales que esto tendría, como: un consumo excesivo de agua, la contaminación irreversible de mantos freáticos, afectaciones en el territorio, mortandad de fauna, daños a la salud pública y sismos inducidos por la inyección a alta presión de aguas residuales tóxicas en el subsuelo. Si bien, se ha sustentado la decisión en la defensa de la soberanía nacional, analistas y académicos consideran que existe presión estadounidense por la predilección de este país para comerciar el combustible en mercados europeos y asiáticos.
México sería la segunda nación en América Latina en implementar esta técnica a una escala comercial, después de Argentina, donde ya se han documentado sus impactos, los cuales se traducen en adversidades para las poblaciones aledañas, asumiendo desde la lógica estatal y comercial la existencia de zonas que pueden ser “sacrificadas” en nombre de un desarrollo cuestionable e inalcanzable.
Yolanda García Beltrán
El Colegio de la Frontera Norte, Unidad Matamoros.
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