América Latina enfrenta hoy un escenario económico internacional marcado por una
creciente incertidumbre. Durante más de tres décadas, la región ha mostrado un patrón de
crecimiento bajo, volátil y socialmente excluyente. A diferencia de las economías de Asia
oriental, que lograron consolidar procesos sostenidos de industrialización, América Latina no
consiguió transformar de manera profunda su estructura productiva ni generar aumentos
persistentes de productividad.
Como señalo Pierre Salama, el problema del crecimiento latinoamericano no radica en la
ausencia de mercado, sino en la forma específica que adopta la acumulación del capital en
economías periféricas. La liberalización comercial y financiera iniciada en los años ochenta
modernizó algunos sectores, pero no produjo una transformación estructural capaz de
sostener el crecimiento de largo plazo. El resultado ha sido una economía caracterizada por
heterogeneidad productiva, fuerte desigualdad social y una inserción internacional frágil.
La desigualdad económica constituye uno de los principales obstáculos para el desarrollo
regional. Una elevada concentración del ingreso limita la expansión del mercado interno,
reduce la demanda efectiva y desalienta la inversión productiva. En estas condiciones, el
excedente económico tiende a orientarse hacia actividades financieras o especulativas,
debilitando las bases de un crecimiento sostenido.
A este problema estructural se suma la creciente financiarización de las economías
latinoamericanas. La expansión de los mercados financieros y la liberalización de los flujos
de capital han fortalecido la lógica del corto plazo, privilegiando la rentabilidad financiera por
encima de la inversión productiva y aumentando la vulnerabilidad externa de la región.
Este panorama se vuelve aún más complejo ante las transformaciones del mercado mundial.
En los últimos años, la rivalidad geoeconómica entre Estados Unidos y China ha
reconfigurado las reglas del comercio internacional. El retorno de políticas industriales,
subsidios estratégicos y medidas proteccionistas marca el fin de la etapa de globalización
liberal relativamente estable que predominó desde los años noventa.
Desde 2025, Estados Unidos ha adoptado una política arancelaria más agresiva que ha
alterado el equilibrio del sistema comercial mundial. Paul Krugman ha comparado este giro
con una versión contemporánea de la histórica Ley Smoot‑Hawley de 1930. Aunque los
niveles arancelarios actuales son menores, la lógica subyacente es similar: el comercio
internacional comienza a concebirse nuevamente como un juego de suma cero, donde los
aranceles se utilizan como instrumentos centrales de política económica.
Para América Latina, este cambio representa una fuente adicional de incertidumbre. Las
economías de la región dependen en gran medida del comercio exterior, del financiamiento
internacional y de la estabilidad de las cadenas globales de valor. En un contexto de tensiones
geopolíticas crecientes y guerra, estas vulnerabilidades se vuelven más evidentes.
La incertidumbre que caracteriza a la economía mundial no es un fenómeno pasajero. Refleja
una transformación profunda del capitalismo global. En un mundo más fragmentado y
competitivo, las economías periféricas con estructuras productivas débiles enfrentan
mayores riesgos de estancamiento.
Superar esta situación exige algo más que estabilidad macroeconómica. Requiere un nuevo
pacto de desarrollo basado en la reducción de la desigualdad, el fortalecimiento del Estado,
la reindustrialización y una inserción internacional más estratégica y soberana.
Cuauhtémoc Calderón Villareal
El Colegio de la Frontera Norte, Departamento de Estudios Económicos.
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