Disfemismos

Un eufemismo suaviza una palabra; un disfemismo, la encrudece. Eso pasa en México con “mochar”. Veámoslo.

En “Trozo”, “destrozar” y otras etimologías oscuras de la Romania (2016), Elena Pingarrón señala lo agrícola de la palabra “trozo” (del latín tradux), “ramas o vástagos que se hacen pasar de un árbol a otro para formar una enramada […] cortadas periódicamente para que la vid no envejezca rápidamente […]”. De ahí el francés troche (“amasijo de ramas”) y moche (“madeja grande de hilo sin torsión que se vende en grandes paquetes”), similar a “mochar” (¿del latín mutilus, mutilar? Se desconoce). La expresión “a troche y moche” es hacer algo “a bulto, sin orden ni medida”, ligado, evidentemente, a “mochar o desmochar a bulto en la poda de árboles y arbustos”.

El latín cristiano amplió tradux a “parte transmitida”. Como recoge la filóloga, Prudencio (siglos IV-V) lo usa para negar que los progenitores leguen al nasciturus un trozo de su alma. Después (siglo XV), trozo y destrozar pasaron del catalán al castellano. Precisamente, en esa época destroçar también era desvalijar. La acepción catalana “hacer pedazos” tendría ese origen campestre, confluyendo en significado violento destroçar y estroçar (extrucidare, “masacrar o aniquilar con saña”, también degollar). En el Diccionario Etimológico en línea Pingarrón abunda en ello: truncar, de truncare, “amputar, cortar, mutilar” comparte raíz con trux, trucis (“feroz, salvaje, cruel”), y tronco viene de truncus, “fragmento grande cortado a partir de un todo mayor”. Prosaicamente, una “licenciatura trunca” está inacabada. Al aludir a una desgracia, decimos “sus vidas fueron truncadas”.

“¿Quiere que le dé su mochadita en la oreja?”, pregunta el ciego Matías en Tlayucan (Luis Alcoriza, 1962). “Así no hay pierde”, responde la dueña del lechón. “Mochar las manos” al ladrón –marcarlo- propuso en 2018 un candidato federal, ley del talión de organizaciones criminales o linchadores bacantes frente a rateros. “A mochada a la mitad de Matamoros”, escuché a una veracruzana sobre su pueblo. Como verbo pronominal, sirve para pedir dinero, en cuyo pago, frecuentemente, está la ilegalidad: “¡oiga jefe denos pa’ las cocas […], andamos cuidando! ¡Agarramos un asaltante […]! ¡Móchese!, ¿no?” (Miguel Ángel Berber, Intermediarios violentos: el uso y la organización de la fuerza como negocio en Ayutla de los Libres, 2017). ¿Quizá de la acepción DRAE “reverencia que se hacía bajando la cabeza” (a la cabeza humana se le llama mocha)? “Dar mochada” es pagar un soborno o asegurarse un favor mediante dinero, ¿tal vez de “sacar tajada”?

Mochomo o mochuelo, empero, no tienen que ver. Tomás Basilio (Arte de la lengua cahíta, 1654) recoge que mocho es hormiga arriera. Según el Diccionario enciclopédico de la gastronomía mexicana, cocinada al centro y sur del país, también es plato norteño «con carne seca o machaca frita”, en preparado semejante a tales hormigas grandotas. “El Mochomo” fue connotado líder delincuencial condenado a cadena perpetua en EEUU. “Como si fueran mochomos/así le sigue la raza”, se le cantaba. Del mochuelo (Athene noctua, ave de Palas Atenea), Joan Coromines (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, 1987) niega su nombre por tener mochados los penachos o cuernitos, que sí tiene el búho, sino por cambio de la ene de noctuolos (por pájaro nocturno, de nox, noctis) a la eme, en asociación por lo romo de su cabeza.

Sostengo que, como disfemismos, mochar o destazar igualan hombres con vegetales o bestias. Algo así vio María Victoria Uribe, cuando en Matar, rematar y contramatar. Las masacres de La Violencia en Tolima 1948-1964 (1978) alude al sucesivo asesinato (matar), decapitación (rematar) y desmembramiento (contramatar), compartidos con el pasado europeo, donde levantiscos o magnicidas sufrían tal castigo por alzarse contra el cuerpo social encarnado en el rey. Para campesinos tolimenses partes del cuerpo tienen valores intercambiables entre hombre y animal, y las analogías brotan en el cazar o en el destazar, “hacer piezas una res muerta”.

Un efecto es la necesidad de blandir entre hombres armas blancas, sin la distancia de armas de fuego. También acarrear utensilios equivalentes a mesas y botes para desperdicios. Inherente también a esa disfemización es aplicar a la víctima un traslado aparejado a mochar plantas (la maleza se limpia) o destazar animales (lo cortado se traslada y distribuye).

Como hipótesis, en núcleos urbanos tamaulipecos, veríamos asesinados empaquetados, como envasados al vacío, rastros reunidos pero nunca más enterizos en territorios encuadrados (ciudades de frontera) donde, sin permiso, “nadie entra ni sale”. Y como hipótesis para el área metropolitana de Guadalajara, leída en ZonaDocs (Metrópoli con terror y en silencio: Las fosas a un lado de tu casa, 25/6/2019), emparedamientos, sin puertas que separen a los vivos de los muertos, por saturación real o percibida de ciudades exteriores, crudas, esquemáticas.

Dr. Jesús Pérez Caballero

El Colegio de la Frontera Norte