Desde la frontera: Una barda entre vecinos

Como cada Navidad regreso a pasar las fiestas a Casa, así en mayúscula: en mi pueblo, con mi familia. Lejos de la frontera, no son pocos los parientes, amigos y vecinos que me preguntan por la migración centroamericana y el muro fronterizo de Estados Unidos; temas que, como casi siempre, son muy mediáticos (la caravana desde Honduras y el cierre del gobierno federal si a Trump no se le da el dinero que pide). Todos están escandalizados por la construcción del muro fronterizo, por lo inhumano y agresivo de esta medida, por la locura que supone. Su pesar y preocupación son sinceros, de eso no hay la menor duda. Pero al llegar a Casa, me pregunto si ello no es una gran contradicción. Me explico.

Mi abuela tiene la costumbre de salir a la terraza para tomar el sol, haga frío o calor. A primera vista parece que no hace nada, simplemente estar sentada, pero en realidad desde su silla puede ver cada uno de los movimientos de los vecinos. Al entrar de nuevo a casa le cuenta a mi madre a qué hora se ha ido la vecina a trabajar, qué ha traído su esposo del súper o con quién ha llegado la hija menor. Sin embargo, desde hace unos días, ya no los puede ver.

Hasta recientemente entre el jardín de mis padres y el de los vecinos había una valla de alambre, que lo único que impedía es que los unos y los otros (incluidos los perros) cruzaran de una propiedad a la otra. Por lo demás, no imposibilitaba casi nada: de pequeño jugaba con el hijo de los vecinos por encima de la valla, mientras que nuestras madres conversaban una frente a la otra; los rosales de un lado y otro crecían a través de ella, ignorándola; lo mismo los cerezos de uno y otro, que extendían sus ramas (y sus cerezas) a cada lado.

Pero los vecinos decidieron extender una barda de madera y más alta. A partir de ahora será imposible que los rosales crezcan de un lado al otro o que mi abuela pueda ver cuándo entran y salen. La instalación de esa barda sólida y opaca no se debe a un conflicto entre ellos y mis padres ni al resguardo de la intimidad y de la privacidad, sino por su (creciente) sensación de inseguridad. Sin embargo, su construcción causó extrañeza, y hasta disgusto, en mis padres.

La construcción de bardas entre propiedades no es algo nuevo, ni se trata de un caso aislado, ni en mi pueblo (he contado otras dos nuevas bardas entre vecinos, una de ladrillo y otra de setos con alambre), ni en el resto del mundo. Y es obvia la continuidad entre los muros fronterizos (como el de Estados Unidos en la frontera con México) con las vallas y bardas entre vecinos, construidos unos y otros, actualmente, bajo el argumento de la seguridad.

Así que uno podría llegar a la conclusión que es algo contradictorio levantar una barda alrededor de su casa y al mismo tiempo criticar la erección de un muro fronterizo; también podría decirse que la opinión de uno depende de en qué lado de la barda/muro se encuentre. Sin embargo la cuestión es más compleja: el conflicto no está en la escala (la separación entre propiedades o entre países) ni en la localización relativa (en un lado o en el otro), sino entre la toma de decisiones y sus consecuencias: la búsqueda legítima, pero unilateral, de una mayor seguridad mediante una infraestructura que es por definición bilateral, frente a los agravios (sean cuales sean) causados a la otra parte, ausente en la toma de decisión.

La cuestión, entonces, es cómo resolver ese conflicto. ¿Una toma de decisiones compartida? Parece posible cuando hay confianza entre ambos lados, si bien requiere de mucho esfuerzo y buena voluntad, de lo que ya existen algunos ejemplos (como la cofronterización entre algunos países vecinos). Pero ¿qué ocurre cuando uno desconfía del otro o no puede confiar en él? Ocurre lo que vivimos actualmente.

Dr. Xavier Oliveras González

El Colegio de la Frontera Norte