Mbali Roger, quien se dice originario de Kinshasa, República Democrática del Congo nos cuenta su travesía

De Brasil a Tijuana. La travesía de un africano hacia los Estados Unidos

Por Lorena Mena Iturralde*
Estudiante del Doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Estudios Regionales de El Colegio de la Frontera Norte

“Yo no tengo un lugar para ficar (quedarme, en portugués). Cualquier lugar que yo llego, que tiene una oportunidad para mí, consigue un trabajo para mí, que ayudo a mi familia, me quedo” (sic), cuenta con un marcado portuñol, Mbali Roger, quien se dice originario de Kinshasa, República Democrática del Congo, y llegó a Tijuana tras un largo recorrido desde Sudamérica.

Este africano de 31 años, recibe techo y comida en la Casa del Migrante y espera una cita para relatar su historia a las autoridades de Estados Unidos, sin ninguna certeza de que le permitan pasar. Mientras ello ocurre, accede a relatar su travesía para el Archivo Oral de El Colegio de la Frontera Norte (El Colef), un proyecto que recoge testimonios de los migrantes que están llegando a esta ciudad mexicana procedentes de África, Haití y de Centroamérica, en continuas y cada vez más visibles oleadas.

Roger comienza aclarando que estudió una carrera. Se graduó de Ingeniero Comercial, pero decidió irse a América Latina para encontrar un trabajo en su profesión, algo difícil ante la situación que se vive en República del Congo. “Allá está un crisis político y casi no tiene trabajo para nosotros” (sic), dice sobre el país africano, sin precisar mayores detalles.

Su periplo empezó en Brasil, donde residió una temporada. “Llegué allá, pagué un poquito de dinero para conseguir todos los documentos y yo puedo quedar allá y trabajar” (sic), comenta. En Sao Paulo logró trabajar seis meses cortando carne en una empresa que exporta el producto, pero su situación se complicó cuando su patrón dejó de pagarle su sueldo por tres meses, y tras reclamarle, recibió unos cheques que no tenían fondos.
A este drama personal, se sumó el clima de protestas en Brasil por la crisis política que enfrentó el gobierno de la entonces presidenta, Dilma Rousseff. “No había trabajo para extranjeros. Comencé a pensar qué yo puedo hacer, porque no tiene vida para mí. Conseguí un poco de dinero y comienzo a viajar” (sic), indica. Con una hermana viviendo en los Estados Unidos, optó por irse hacia el Norte a probar suerte. Emprendió su viaje por tierra hacia Perú; estuvo de paso en Ecuador, subió hacia Colombia, y allí tomó una lancha y caminó durante cinco o seis días hacia Panamá, donde “dormía en el monte, sin comer, sin nada”.

En los países mencionados dice no haber tenido inconvenientes. Se acercaba a las autoridades migratorias y éstas le extendían un permiso para continuar su camino, pues no le exigían visa. Lo mismo ocurrió en Costa Rica, pero al llegar a la frontera con Nicaragua, tropezó con otra realidad. Una gran cantidad de cubanos, haitianos y africanos estaban atrapados, porque el gobierno de Nicaragua les negaba el paso, lo que le llevó a buscar otras vías.

Con otros 12 migrantes recurrió a “un guía” que se ofreció a cruzarlos. “Cada uno pagar mil dólares. Camino como 20 a 25 kilómetros y nos dice (el guía), ‘espérame aquí, voy a llamar un taxi para ir hasta Honduras’. Nunca lo vi más. Se fue. Y dejar nosotros botados, nosotros tenemos que ir a policía de Nicaragua y volver a Costa Rica” (sic), relata.
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e nuevo allí, consiguió a otro guía que pueda cruzarlos, pero como se había quedado sin dinero, contactó a un amigo en Brasil para que le enviara dólares, los cuales usó para pagar su cruce y llegar hasta Honduras. En ese país estuvo cinco días, mientras esperaba un permiso de migración que tuvo que tramitar en la capital. “Pagué un hotel, muy barato, dos dólares por día, y me dieron permiso”. Cruzó luego a Guatemala “sin problemas” y de ahí a Tapachula.

Ya en territorio mexicano cuenta que las autoridades migratorias le dieron un ticket para separar turno, y que cinco días después ya tenía un permiso (de 21 días) para seguir su camino, hasta Tijuana. ¿Por qué a esta frontera y no a otra? Roger sonríe ante la pregunta. “Es que casi todo el mundo que está en el camino, conversando, todos ya saben que tiene que llegar a una frontera con americanos. Tiene muchas fronteras, pero yo compré un ticket a Tijuana”.

Hizo su viaje en bus, lo que le significó 1,500 pesos mexicanos, y cuatro días de recorrido. A Tijuana llegó el 11 de septiembre y contactó a un conocido que se había adelantado y le habló de la Casa del Migrante, pues ya no tenía recursos para costearse comida y alojamiento.
Roger asegura que su travesía por el continente duró dos meses y que nadie de su familia sabe que está aquí. Fue un trayecto en el que vio cosas duras, porque “el camino es muy peligroso”, así que prefiere que su madre piense que sigue en Brasil. Calcula haber invertido 3 mil dólares o quizá más en total.

No sabe exactamente qué va a argumentar para solicitar su ingreso a los Estados Unidos. “Tienes que dar explicación para pedir asilo. Yo salí de mi país, pero yo no tengo problemas con nadie en mi país, no me pasa nada, no sé si se puede pedir asilo, no sé qué yo puedo hacer todavía. Yo solo estoy procurando una vida mejor para mí, para mi familia”, concluye.

(*) Entrevista realizada en colaboración con Rosa María Garbey