El triángulo de la violencia y menores migrantes

¿CÓMO ENTENDER EL TRIÁNGULO?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a la violencia como “el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte”. Sin embargo, al igual que las consecuencias, los tipos de violencia también son variados y no necesariamente se tiene que hacer uso de la fuerza física para violentar.

En el artículo “Cartografías de la violencia hacia menores migrantes en tránsito por Tamaulipas”, Óscar Misael Hernández hace uso del concepto de “el triángulo de la violencia” del sociólogo Johan  Galtung (1969), para analizar y explicar los diferentes tipos de violencia que padecen los menores migrantes pero ¿cómo entender el triángulo?

De acuerdo a Óscar Misael, para Galtung la violencia tiene forma de iceberg, es decir, hay parte visible pero existe, en mayor cantidad, una visible que se mantiene oculta. Aunado a ello, el sociólogo noruego detalla que la violencia se encuentra divida en tres vértices que se encuentran unidos entre sí: cultural, directa y estructural.

En relación a lo escrito por el investigador de El Colef, Galtung detalla que la violencia cultural es “una violencia simbólica, que se expresa en infinidad de medios -como la religión, ideología, el lenguaje, el arte, la ciencia, los medios de comunicación o la educación- y cumple con la función de legitimar la violencia directa y estructural, así como de inhibir o reprimir la respuesta de quienes la sufren”.

Por otro lado, la violencia directa “tiene como principal característica el hecho de que la mayoría de sus efectos son visibles, principalmente los materiales, aunque no todos: el odio generado, los traumas psicológicos creados a la aparición de conceptos como el de “enemigo” son efectos igual de graves que no suelen ser considerados como tales”.

Para completar la figura, Galtung señala que, de acuerdo al artículo escrito por Oscar Misael, “la violencia estructural aparece cuando, como resultado de procesos de estratificación social, se produce un perjuicio en la satisfacción de las necesidades humanas básicas: supervivencia, bienestar, identidad o, entre otras, libertad”.

LA NIÑEZ MIGRANTE COMO ARISTAS DE LA VIOLENCIA

“Cartografías de la violencia hacia menores migrantes en tránsito por Tamaulipas” es un trabajo que se basa en los resultados de un proyecto titulado Deporting Youth: The Emotional and Physical Effects of Violence and Trauma among Deported Minors, por medio  de encuestas aplicadas a menores mexicanos no acompañados que fueron repatriados de Estados Unidos hacia México a través de la frontera de Tamaulipas. Además de considerar observaciones y conversaciones con los menores.

Relacionando los resultados de las encuestas y el concepto del triángulo de la violencia, Oscar Misael expone que el 37.5% de los menores expresaron que al estar en contacto con oficiales de migración les temblaron las manos y que el 50% sintieron muchos nervios al ser interrogados por militares. Esto, interpreta el investigador de El Colef, muestra que “la violencia cultural que vivieron algunos menores migrantes en tránsito […] no se basó en prejuicios sino en formas de violencia simbólica que, en palabras de Bourdieu y Passeron (2001), se sintetizan en imposiciones arbitrarias en el marco de relaciones asimétricas de poder”. 

En lo que respecta a la violencia directa, los encuestados señalan que no fueron víctimas de violencia física o sexual, sin embargo, sí manifestaron que fueron amenazados de ser “tableados” (golpeados con una tabla de manera en las nalgas) si no obedecían las reglas de los coyotes. Es decir, al estar en la frontera con intención de cruzar a Estados Unidos, sin compañía de un familiar o conocido, los menores migrantes tienen que apegarse a lo que les indique la persona que los va a cruzar al otro lado, es decir el coyote, esto implica que son llevados a una casa de seguridad, en donde permanecen encerrados e incomunicados. Aunado a ello, en otros estudios, se ha identificado que menores migrantes son utilizados como guías, por parte de grupo del crimen organizado, para internar a personas a Estados Unidos o, inclusive, trasladar droga, lo que los coloca en un escenario de mayor riesgo a padecer violencia.

Finalmente, la violencia estructural, recordemos que es la que tiene que ver con las necesidades humanas, parece ser la que está presente durante más tiempo, en diferentes partes de la identidad de ser migrante. Las experiencias de los menores migrantes, así como los resultados de la encuesta, señala Oscar Misael, muestra que la violencia estructural está en al menos cuatro etapas: “1) al ser víctimas de crisis económicas que los orillan a emigrar, 2) al interactuar con agentes del Estado en el trayecto migratorio, 3) al interactuar con actores clandestinos de la migración, y 4) al ser repatriados de Estados Unidos a México sin ser beneficiarios de programas de apoyo”. 

AMPLIAR Y APLICAR

Oscar Misael Hernández concluye en su trabajo que “dentro de la literatura académica, los informes y reportes sobre la vulnerabilidad de los migrantes y la violencia hacia ellos son vastos. Sin embargo, la mayoría de éstos se limitan a describir formas de violencia directa que viven los migrantes adultos […], pocas veces se mapean dicha violencia en diferentes momentos, espacios y situaciones”. 

“Cartografías de la violencia hacia menores migrantes en tránsito por Tamaulipas”, hace una contribución al conocimiento que se genera entorno a las y los menores migrantes pero tomando en consideración las diferentes aristas y vértices del fenómeno, lo que permite comprender de mejor manera el fenómeno y contar con mayor información que sea de utilidad para genera soluciones y respuesta a los retos-problemáticas que afronta esta población.


  • REFERENCIAS: 

Hernández-Hernández, O.M. (2019): “Cartografías de la violencia hacia menores migrantes en tránsito por Tamaulipas”, methaodos.revista de ciencias sociales, 7 (2): 213-224. http://dx.doi.org/10.17502/m.rcs.v7i2.260