El pasado martes 24 de marzo, en el Centro Cultural Tijuana (CECUT), se llevó a cabo la presentación del libro La revolución sexual: Sexualidad, política y cultura, obra que propone una lectura histórica y cultural sobre las transformaciones de la moral sexual en México durante la segunda mitad del siglo XX.
Durante la sesión, se destacó que el libro construye su hipótesis no de manera afirmativa, sino a partir de un recorrido por distintos productos culturales —como revistas, festivales y, especialmente, el cine— que permiten inferir los cambios en las formas de representación, percepción y vivencia de la sexualidad. Este enfoque sitúa el trabajo dentro de la historiografía, al tiempo que establece un diálogo sólido con los estudios culturales, al articular procesos simbólicos con coyunturas políticas y sociales.
Las y los comentaristas subrayaron que, aunque el análisis se centra en la Ciudad de México, el alcance de los medios y circuitos culturales abordados permite pensar estas transformaciones en un contexto más amplio, sin perder de vista las particularidades regionales. En este sentido, el libro traza conexiones entre la llamada revolución sexual y diversos procesos históricos, como los movimientos de izquierda en América Latina, la Revolución cubana y el movimiento estudiantil en México, mostrando cómo estos influyeron en la reconfiguración de la moral sexual.
Uno de los aspectos más relevantes señalados durante la presentación fue la problematización del concepto mismo de “revolución sexual”. A partir del análisis propuesto en la obra, se planteó que esta transformación no necesariamente implicó una liberación generalizada, sino que estuvo en gran medida atravesada por estructuras patriarcales. En este sentido, se apuntó que la aparente apertura en torno a la sexualidad continuó operando bajo una lógica que privilegiaba el deseo masculino, reproduciendo esquemas heteronormativos y jerárquicos.
Asimismo, se destacó el abordaje de las disidencias sexuales, particularmente en el capítulo dedicado a estos temas, donde se recuperan los primeros procesos de visibilización y organización política de personas homosexuales y lesbianas. Se recordó que, en las décadas de 1970, 1980 e incluso 1990, el término “de ambiente” funcionaba como una forma de identificación y reconocimiento entre pares, en un contexto marcado por la estigmatización social.
En este marco, se hizo mención del activista Max Mejía, cuya trayectoria permite vincular los procesos de politización de la diversidad sexual en la Ciudad de México con su impacto en otras regiones, como Tijuana. Su llegada a esta ciudad en 1990 y su participación en la construcción de nuevas formas de lenguaje y acción política fueron señaladas como parte de la expansión de estas luchas en el ámbito local.
Finalmente, se destacó el papel del feminismo en la reivindicación de los derechos sexuales y en la transformación de los marcos discursivos, subrayando su influencia en la configuración de nuevas formas de nombrar, pensar y disputar la sexualidad en la sociedad mexicana.
La obra fue reconocida por su rigor documental y por ofrecer una lectura compleja de la revolución sexual, entendida no como un proceso lineal de liberación, sino como un campo de tensiones donde convergen disputas políticas, culturales y de género que continúan vigentes en la actualidad.
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