En esta reflexión, se propone entender el ataque de inicios de enero de EEUU a Venezuela y las nuevas tensiones de Trump con Irán — que en cualquier momento pueden devenir en medidas aún más coercitivas — como partes de guerras cognitivas, desde las que analizar las cuestiones de fondo del gabinete Trump en sus metas imperialistas. Venezuela e Irán, eslabones de la influencia de Rusia y China, son dos caras de la misma moneda, conforme a esta enseñanza:
Cuando un Estado pierde el apoyo de quienes naturalmente deberían acompañarlo, los peligros se vuelven daños y el efecto dominó que desencadena alguien tan coherentemente volátil como Trump sólo pueden detenerlo otra potencia, alianzas regionales o, a falta de contrapesos, la tozudez de los hechos.
La guerra cognitiva, una expresión de larga data en la doctrina militar china (este artículo de Frank Hoffman, en Small Wars, ofrece una buena panorámica), utiliza campañas sistemáticas de influencia a nivel intelectual y emocional, con las que EEUU logra inhibir o cooptar a los líderes que deberían impedir sus ataques militares. En el caso de Venezuela, serían los países iberoamericanos que, por afinidad lingüística, histórica y cultural, son quienes deberían haber impedido o modulado el bombardeo de Venezuela, el asesinato de quienes se opusieron a estos ataques estadounidenses, el secuestro del presidente del país y su esposa, y el robo a gran escala de materias primas soberanas venezolanas. Con su éxito, Trump ha redefinido el statu quo continental, sin salirse de su Estrategia de Seguridad Nacional (ESN; traducción en Filosofia.org), aprobada en noviembre de 2025, y con la que ha logrado vender sus ataques a Venezuela como una “operación quirúrgica” policial.
La guerra cognitiva estadounidense, supone una serie de operaciones que, en realidad, tienen como objeto a todos los países al sur del Río Bravo. Sus ejes son:
- Narrativa falsa sobre la naturaleza de la delincuencia organizada y la justificación de la guerra. La doctrina Trump patrimonializa el complejo militar industrial estadounidense, no ya para atacar a un país según mentiras (como, por ejemplo, hizo Bush II con las supuestas armas de destrucción masiva y el ser Irak un presunto refugio de Al Qaeda, para lanzar la guerra contra ese país), sino que sus planteamientos asumen el creerse las propias mentiras, que no se conciben como tales, sino como claves de un despertar geoestratégico estadounidense. Tómese la previa campaña de cuatro meses, con más de cien muertos, de bombardeos de barcos en el Caribe y en el Pacífico oriental, por transportar droga, y que se asociaban laxamente al régimen venezolano. La mentira funcionó conforme a esta cadena de aporías:
- EEUU está en guerra contra el narcotráfico.
- En Venezuela hay traficantes.
- Entonces, EEUU está en guerra contra Venezuela.
Pero todo eso se demuele, porque la realidad se reduce a una fuerza imperial revestida de lenguaje legaloide:
- Declarar una guerra no significa que esta exista. Y aunque sí la hubiera, matar a individuos que no son un peligro inmediato (traficantes en lanchas a miles de km de EEUU) es ilegal, incluso según el Derecho estadounidense. Si a esto se añade que la secretaría de la Defensa de ese país ordenó matar a los supervivientes de los ataques, se estaría cometiendo el crimen de guerra de no dar cuartel o el de no dar trato debido a personas fuera de combate (repito, si es que se asumiera, erróneamente, que hay un conflicto armado entre el gobierno de EEUU y redes de traficantes venezolanas patrocinadas por individuos clave del régimen bolivariano). Es decir, sea por la vía del asesinato extrajudicial o por la del crimen de guerra, cualquiera podría procesar en cualquier momento a quienes dieron esas órdenes, facilitaron la inteligencia para ello o se negaron a asistir a los sobrevivientes. Lo jurídico tiene más memoria que lo militar, así que ese futuro es verosímil tras un cambio de gobierno en Washington, incluso si este cambio electoral es republicano.
- Además, el umbral que establece el despliegue militar estadounidense y el asesinato de quienes se etiqueta como traficantes es tan indeterminado y arbitrario, que puede aplicarse en cualquier país. Por añadidura, hemos visto ya cómo las construcciones jurídicas con nombres rimbombantes se usan para atacar militarmente, y tras lograrse el objetivo, se abandonan, ante la posibilidad de que en el foro jurídico penal se vean como los absurdos que son. El tan cacareado “Cártel de los Soles” que aparentaba ser una categoría sólida para Washington (pero, de hecho, nunca lo fue para nadie), pasa a ser una metáfora, simplemente, para aludir a la corrupción al más alto nivel del régimen de Maduro, como han reconocido las propias autoridades estadounidenses.
- Entonces, con todo ello, la terminología aparentemente clara con la que se introduce en la legislación de EEUU agrupaciones fluidas, reticulares, acuerdos ad hoc y subcontratas bajo el nombre general de «cárteles del narcotráfico», es una cortina de humo, para confundir a la opinión pública y poder atacar objetivos militares.
- Estilización simplista de cuestiones internas estadounidenses y proyección al contexto internacional en clave imperial. En una entrevista de Trump a la cadena Fox, justo después de los bombardeos a Venezuela, el presidente hacía una lectura preliminar aparentemente sorprendente, por obviar la geopolítica, y limitarse a repetir sus amenazas guerracivilistas de fronteras hacia adentro: Él se presenta como fuerte, frente a la debilidad de Joe Biden; él, demarca una jerarquía clara de valores para EEUU, frente a la demócrata Kamala Harris. En fin, él se ve a sí mismo, como lo hacen también sus seguidores MAGA, como un katechon (proveniente del griego: τὸ κατέχον, “lo que contiene”, o ὁ κατέχων, “el que tiene”), término bíblico reconceptualizado por el jurista católico Carl Schmitt como el de alguien que detiene una catástrofe (como, por ejemplo, en la Biblia, el fin del mundo). Antes de Trump, Washington y el mundo se encaminaban al caos (chino). Con él, el caos se detiene… Pero parece que no es así y a lo que vamos, paulatinamente, es a un orden internacional de un caos tripolar (chino, ruso y estadounidense), con la imprevisibilidad de toda teoría de juegos.
Podemos hacer un ejercicio y recoger el guante de esa lectura interna estadounidense, pero reinterpretándola: La elección de Trump sería una respuesta sociopolítica para alinear y disciplinar a los sesenta millones de hispanos de EEUU, según la tesis de ver a estos hispanos como una “quinta columna”: para Trump, cada grupo no blanco de EEUU, tienen una agenda propia que, en último término, busca dinamitar la hegemonía de gente como él. Lo afirma en su ESN: “la manipulación cínica de nuestro sistema migratorio para crear bloques de votantes leales a intereses extranjeros dentro de nuestro país” (principio Soberanía y respeto). Entonces, ¿cómo alinear Iberoamérica, es decir, la América que habla español y portugués? Remarcando, con una acción espectacular y de dominio abrumador, como se dio en Venezuela, la sumisión del Río Bravo hasta la Patagonia, meses después de aprobar su ESN.
- Esto se realiza con la preparación del terreno militar mediante usos tácticos y estratégicos de la mentira y el miedo. Por un lado, el régimen Trump no descarta la intervención electoral, a lo que en su ESN denomina: “Reclutar y expandir” (Enlist and Expand). Esto supone anular el costo reputacional de apoyar las políticas estadounidenses, algo que solía ser costoso en los países iberoamericanos, y cambiarlo, entre las elites y sus votantes, por un seguidismo acrítico del modelo publicitario de Trump de hacer cada país “grande otra vez” (una grandeza medida por el mayor parecido a Trump y que supone, si se aplica, un juego de suma cero). Para lograr ese giro, se utilizan medidas de soft power, como condicionar las ayudas ofrecidas por EEUU, crónicas, a victorias de sus alfiles políticos en Argentina u Honduras. También, establecer cambios de régimen que, si no se aplican los lineamientos de esta potencia punitivista, supondrían la amenaza del caos (la Venezuela post intervención de enero 2026); igualmente, se sugiere al gobierno amenazado operaciones conjuntas para bombardear su propia frontera (Colombia, por al área de influencia del ELN); o, como en México, el obligar a reaccionar, de modo casi pavloviano, siempre en línea con la política exterior estadounidense y sus demandas.
La percepción sesgada de la realidad mexicana se convierte en política de Estado y en un presupuesto natural para la amenaza de ataques militares, marinos o terrestres. Este moldeamiento de las narrativas y de las tomas de decisiones, para México, supondrá, por ejemplo, una amenaza recurrente de intervención a la carta: distintos tipos de organizaciones delincuenciales se homogeneizan en la narrativa de Trump, que las refunde para aprovechar el corpus antiterrorista preexistente, al menos, desde los años noventa del siglo XX, e inventarse ejércitos donde quiera intervenir. De nuevo, leemos en la ESN la política de realizar: “Despliegues selectivos para asegurar la frontera y derrotar a los cárteles, incluyendo el uso, de ser necesario, de fuerza letal para reemplazar la fallida estrategia de aplicar sólo la ley en las últimas décadas” (apartado “Reclutar” de la ESN).
¿Puede intervenirse del mismo modo en Irán? Ya con los ataques de Israel y EEUU de junio del año pasado, el régimen teocrático persa había quedado en evidencia: ni China ni Rusia iban a sostenerlo, y la capacidad de mantener ocupados a sus enemigos mediante sus proxis (Hamás, Hizbulá, Siria, los Hutíes de Yemen) estaba más que debilitada, tras las campañas israelíes posteriores al pogromo de octubre de 2023 y la caída de Bashar al-Ásad en diciembre de 2024.
Parece ser que la doctrina Trump de presentarse como un castigador autócrata benévolo frente a autócratas malévolos (o más bien: hostiles a EEUU) identifica muy bien los eslabones más débiles, como Caracas o Teherán, aunque con un matiz importante: los identifica tras una campaña reiterada para debilitarlos. En Irán, con un proceso de represión cruento, que ha dejado miles de muertos en un lapso corto, podría activarse la tan humanitaria como — siempre — polémica, responsabilidad de proteger (R2P: pp. 9-10), lo que se relacionaría con la manera de Trump de dar golpes de mano y, sarcásticamente, lo convertirían en un protector de la ley internacional. Sin embargo, Irán es una potencia regional, con distintas agendas internas muy al margen de lo que se piense desde el maniqueísmo de Occidente, y tan compleja que el Irán resultante, tras una posible intervención de EEUU y sus aliados, se asemejaría más al Irak post-Saddam, que a la Venezuela post-Maduro.
A pesar de todos estos contras, Trump no deja de jugar, y la capacidad de utilizar de manera indeterminado ideas fuerza como “democracia” o “libertad”, para aplicarlas a los objetivos imperiales, además de la falta de respuesta militar de sus rivales (Rusia y China), auguran una nueva intervención en Irán; primero como guerra cognitiva y, quién sabe luego qué más. Sin embargo, esto es sólo una cara de la moneda, y la otra cara es imprevisible: ¿Qué sucede si hay un acuerdo implícito, para que EEUU haga lo que considere, tanto en Iberoamérica y en lo que concierne a los intereses de Israel, a cambio de acuerdos favorables a Rusia en Ucrania, y China en Taiwán? Y, de regreso a la clave doméstica, ¿detendrá la huida hacia delante imperial del gobierno Trump los indicios guerracivilistas observados en el panorama político estadounidense?
La intervención completa del Dr. Pérez Caballero se encuentra disponible a través del enlace: https://youtu.be/4IPjPOvT7QM
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